UN POCO DE HISTORIA
La Obra de las Hermanas del Buen Samaritano se explica a través
de la vida de su Fundadora, que nació en León, España
el 5 de Noviembre de 1927. De una numerosa y católica familia;
desde pequeña sintió el llamado a la vocación
religiosa que se concretó para gran alegría de todos
el año de 1943, cuando nuestra Madre tenía la edad
de 16 añitos.
Andando el tiempo, fue creciendo en su vida interior tratando
cada vez de responder al llamado específico que nuestro
Señor le hacía a favor de la humanidad doliente.
Cuando nuestro Señor la encontró madura para la
misión de su vida, le hizo saber cuál era su plan
sobre ella. Nuestra Madre vio de pronto el horizonte de su vida
dividido en dos: por una parte lo que Dios le estaba pidiendo,
una vida de fe sin límites, una entrega total sin dejar
nada para sí misma, y por otra parte estaba el cariño
hacia la familia religiosa que la acogió en sus primeros
años, todo lo que le era conocido, la seguridad que esto
significaba.
En primera instancia y durante los años que duró
el proceso de discernimiento, la Madre trató de que en
su Congregación de origen se diera cabida a este llamado
que ella sentía, pero eran otros tiempos, y esto no pudo
ser. Después de un tiempo prudente en que pidió
luz a la Santa Madre Iglesia para discernir efectivamente qué
se debía hacer en su caso, la Madre dejó la Congregación
que la viera nacer a la vida religiosa y por consejo de Monseñor
Carlos González Cruchaga, Obispo de Talca, se trasladó
a la ciudad de Molina el 19 de junio de 1978 a cumplir con la
Voluntad de Dios.
Tenía en ese entonces, 50 años de edad.
La Obra nace en la Iglesia el 17 de Diciembre de 1978 en Molina,
siendo presentadas al pueblo por el Obispo de Talca, antes citado
y por su auxiliar, Monseñor Alejandro Jiménez. Pocos
meses antes se le habían agregado Sor Purificación
y Sor Eloísa que junto a la Madre Irene ya había
empezado a cuidar a los enfermos terminales más pobres
y abandonados como han seguido haciendo hasta el día de
hoy.
Comenzaron atendiendo en un local facilitado por el entonces
Alcalde de Molina, Don Jorge Bezamat y allí atendían
mañana y tarde, todos los días, tal era la afluencia
de gente en busca de alivio para sus múltiples malestares,
que el número llegó algunos días a 84 ó
100 pacientes.
En este pueblo veinticinco años atrás no había
postas ni ambulancias, y gracias a nuestro Policlínico
Móvil (donado por Manos Unidas de España) pudimos
llevar alivio y consuelo a lugares tan distantes que solo tenían
movilización una vez cada quince días. Otros, menos
afortunados simplemente no la tenían y debían acercarse
al pueblo a caballo. No es fácil imaginar una realidad
así, pero es la verdad simple y llana.
Como respuesta al sacrificio alegre y desinteresado de la Madre
y de las Hermanas, Dios se prodigó en todo: en vocaciones
y en gente de buen corazón que nos ayudó con su
oración, con su trabajo, con su aporte en especies o en
dinero. Es indudable que hemos recibido mucho, y todo lo recibido
está a la vista de quien desee conocer nuestro Establecimiento,
que es la Casa de todos, porque todo el que llegue a nuestra casa,
siempre llega a tiempo, siempre hay un plato de comida caliente,
un baño, ropa limpia, una cama confortable y con sábanas
limpias. Es Jesús a quien estamos tendiendo la mano. Es
Jesús quien nos concede el inmenso don de poder servirle
es estos menesteres humildes pero muy necesarios, a los hombres
frágiles de todos los tiempos.
En principio no teníamos ni siquiera pensado hacer algo
de esta envergadura, la Madre simplemente quería que Jesús
no sufriera tanto en la persona de los pobres, quería hacer
todo lo que estuviera a su alcance, sin escatimar tiempo ni fuerza
en trabajos y desvelos. Y el Señor fue desenrollando ante
sus ojos el plan que tenía para ella. Así es como
se hizo urgente tener un pequeño recinto donde acomodar
a la gente cuyas curaciones eran más delicadas o bien a
las personas que vivían demasiado lejos y no podían
regresar a sus casas. Estamos hablando de gente muy pobre que
no tenía ni para mal comer, menos aún para pagar
un alojamiento si es que lo hubiere.
En consecuencia, y con este fin la Madre pensó en habilitar
un par de salas con unas 6 camas para mujeres y otro con unas
6 para hombres. Fue todo un éxito. Tanto que fue creciendo
velozmente hasta alcanzar las proporciones que alcanza hoy, en
que tenemos alrededor de 200 enfermos terminales pobres, muy pobres
en nuestra Casa.
Para dar acogida digna a todas estas personas, la Madre ha solicitado
financiamiento a muchas entidades, como en 1991 a la Comunidad
Económica Europea que nos financió el Pabellón
“Santa Marcela”. Con el correr del tiempo, pronto
quedó pequeño todo y recurrimos esta vez a la Fundación
“San José de la Dehesa”, gracias a Dios encontramos
el necesario financiamiento, y en 1998 inauguramos el Pabellón
"San José de la Dehesa". Continuamos atendiendo
a nuestros enfermos y nos vimos forzadas a solicitar nuevo financiamiento
a la misma fundación, siendo aprobado y en el 2001 pudimos
inaugurar el Pabellón “Santa María Virgen
y Madre”, quedando un complejo de salud para los más
pobres, que es toda una bendición de Dios.
Debemos hacer notar que este financiamiento se refiere lógicamente
a la construcción y no al mantenimiento de las obras y
al sostenimiento de los enfermos acogidos, que hemos querido que
estén, en cuidados médicos y de enfermería
como si fueran reyes, mejor como a nosotras mismas, como se lo
haríamos a Cristo en persona.